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para el remedio de síntomas como la depresión, el estrés, la ansiedad.
Dolores musculares y óseos. Problemas respiratorios y alergias.
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viernes, 27 de diciembre de 2024
Un Comienzo en el Proceso de Recordarse a Uno Mismo
El primer paso para recordarte a ti mismo, consiste en darte cuenta de que no eres un cuerpo. En nuestro sueño de ser un cuerpo, hemos olvidado que debe haber algo más que nos dice que somos y que tenemos un cuerpo. Ese “algo más” es la conciencia de ser.
Cuando empiezas a darte cuenta de que eres más que un cuerpo, toda la conciencia se expande, explorando nuevos horizontes de percepción.
La conciencia se descubre a sí misma y se manifiesta en todo su poder creativo, a través de la mente, experimentando con todo aquello que puede llegar a percibir. Pero, la mente no es autónoma. Lo que le da el Poder a la mente es la misma Fuente Creadora de la conciencia. La mente utiliza ese Poder manifestando mundos semejantes a los que conoce y a los que trata de dar forma. Eso lleva a la mente a perder su identidad, ya que su identidad es sin forma. Para dar forma utiliza una manifestación (el cuerpo), mediante el cual experimenta el mundo de formas que se le presenta delante. La mente ama al cuerpo. Tratar de ampliar los límites de la percepción es un auténtico desafío.
Un principio fundamental a tener presente es el hecho de no-identificación con el cuerpo. La no-identificación con el cuerpo implica ir soltando las barreras y los límites que tenemos para tratar de defenderlo. El cuerpo es neutro y está dirigido por la mente. El cuerpo siempre manifiesta las creencias fundamentales de la personalidad, lo que crees ser, tu identidad. Ahora que sabemos esto, sería el momento de dejar de preocuparnos por el cuerpo y su destino, para enfocar nuestra atención donde realmente está ocurriendo todo: la mente.
El primer paso en este proceso sería aquietar la mente. La mente se encuentra absorta ante el mundo de posibilidades desplegado ante ella y por toda la experiencia percibida a través de los sentidos del cuerpo, a los cuales les ha dado el mismo poder que ella misma tiene: fabricar formas que inevitablemente pasarán.
Ahora bien, la conciencia nunca encuentra la felicidad con los “objetos” que fabrica, por tanto sigue construyendo más en un afán de encontrar la felicidad anhelada. Este es un sueño de la conciencia que ha olvidado quien es.
Mediante el acto de “darse cuenta”, conseguimos entrar en los dominios de la conciencia, los cuales son nuestros propios dominios, y alinearlos con la realidad.
El manejo de la percepción ocurre de forma natural y espontánea cuando comprendes que eres sin forma. La conciencia perdurará sólo en el contexto de identificación con la Fuente Creadora, hasta conseguir abarcar la totalidad que es su destino.
La conciencia tiene que despertar de su sueño. El sueño es creer que todo empieza y acaba aquí, que no hay salida. Si tú crees eso, manifestarás eso. Ese es el poder de la conciencia que crea sólo con el deseo de la mente, al igual que la Fuente Creadora.
Este mundo es tan real o tan falso como tu conciencia quiere que sea. Y esto ocurre con cualquier cosa que se manifieste en tu mundo. Según sea el valor que tú le des a algo, te afectará de una manera u otra. En esto no hay diferencias.
Un cambio en la percepción ocurre cuando consideras todo como acontecimientos que se experimentan jugando. Dentro del contexto del juego, la mente permite cometer errores o no hacerlo “bien”. Esta forma de percepción nos da la oportunidad de intentar de nuevo, como cuando éramos niños y nos caíamos continuamente en nuestro intento de echar a andar para caminar erguidos.
Cuando empiezas a darte cuenta de que eres más que un cuerpo, toda la conciencia se expande, explorando nuevos horizontes de percepción.
La conciencia se descubre a sí misma y se manifiesta en todo su poder creativo, a través de la mente, experimentando con todo aquello que puede llegar a percibir. Pero, la mente no es autónoma. Lo que le da el Poder a la mente es la misma Fuente Creadora de la conciencia. La mente utiliza ese Poder manifestando mundos semejantes a los que conoce y a los que trata de dar forma. Eso lleva a la mente a perder su identidad, ya que su identidad es sin forma. Para dar forma utiliza una manifestación (el cuerpo), mediante el cual experimenta el mundo de formas que se le presenta delante. La mente ama al cuerpo. Tratar de ampliar los límites de la percepción es un auténtico desafío.
Un principio fundamental a tener presente es el hecho de no-identificación con el cuerpo. La no-identificación con el cuerpo implica ir soltando las barreras y los límites que tenemos para tratar de defenderlo. El cuerpo es neutro y está dirigido por la mente. El cuerpo siempre manifiesta las creencias fundamentales de la personalidad, lo que crees ser, tu identidad. Ahora que sabemos esto, sería el momento de dejar de preocuparnos por el cuerpo y su destino, para enfocar nuestra atención donde realmente está ocurriendo todo: la mente.
El primer paso en este proceso sería aquietar la mente. La mente se encuentra absorta ante el mundo de posibilidades desplegado ante ella y por toda la experiencia percibida a través de los sentidos del cuerpo, a los cuales les ha dado el mismo poder que ella misma tiene: fabricar formas que inevitablemente pasarán.
Ahora bien, la conciencia nunca encuentra la felicidad con los “objetos” que fabrica, por tanto sigue construyendo más en un afán de encontrar la felicidad anhelada. Este es un sueño de la conciencia que ha olvidado quien es.
Mediante el acto de “darse cuenta”, conseguimos entrar en los dominios de la conciencia, los cuales son nuestros propios dominios, y alinearlos con la realidad.
El manejo de la percepción ocurre de forma natural y espontánea cuando comprendes que eres sin forma. La conciencia perdurará sólo en el contexto de identificación con la Fuente Creadora, hasta conseguir abarcar la totalidad que es su destino.
La conciencia tiene que despertar de su sueño. El sueño es creer que todo empieza y acaba aquí, que no hay salida. Si tú crees eso, manifestarás eso. Ese es el poder de la conciencia que crea sólo con el deseo de la mente, al igual que la Fuente Creadora.
Este mundo es tan real o tan falso como tu conciencia quiere que sea. Y esto ocurre con cualquier cosa que se manifieste en tu mundo. Según sea el valor que tú le des a algo, te afectará de una manera u otra. En esto no hay diferencias.
Un cambio en la percepción ocurre cuando consideras todo como acontecimientos que se experimentan jugando. Dentro del contexto del juego, la mente permite cometer errores o no hacerlo “bien”. Esta forma de percepción nos da la oportunidad de intentar de nuevo, como cuando éramos niños y nos caíamos continuamente en nuestro intento de echar a andar para caminar erguidos.
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domingo, 29 de septiembre de 2024
Engañados por la Propaganda
Aquí estamos, asediados por todos los frentes por una incesante avalancha de propaganda. Algunos afirman que se trata de una sobrecarga de información, pero es un ataque a nuestra soberanía cognitiva, que conduce a las masas a un estado de capitulación mental.
En esta era, donde cada emisor de información tiene una agenda, la mente perspicaz debe fortificarse con el escepticismo como su baluarte. Este escudo no es sólo defensivo; es su último bastión de autonomía en un mundo donde cada narrativa tiene como objetivo secuestrar su razón para sus propios fines.
Entonces, ¿tienes un mensaje en el que crees? Si tu objetivo es influir en aquellos de nosotros que aún nos atrevemos a cuestionarlo, entonces basta de cámaras de eco donde tus ideas rebotan sin oposición. Dirigirte sólo a aquellos que asienten con la cabeza no es defensa de derechos; es cobardía intelectual. No estás cambiando mentes; solo estás inflando tu propio eco.
He aquí una idea novedosa: invite al escrutinio. Deje que aquellos con intelecto se atrevan a diseccionar sus propuestas. Es en el crisol de la crítica donde se forja la verdadera solidez. Si su argumento no resiste el fuego, tal vez no valga la pena aferrarse a él.
Y seamos claros: descartar a los pensadores críticos por desinformados u obstinados porque no comparten nuestros sentimientos ni dedican su vida a nuestra causa no es sólo arrogancia, sino también una ineptitud estratégica. Nosotros, los pensadores críticos, no somos nuestros adversarios, somos la prueba de fuego de la validez de nuestras afirmaciones.
Piensen en esto: si dedicáramos nuestras vidas a cada causa que llamara a nuestra puerta con un panfleto y una petición, estaríamos tan dispersos que seríamos transparentes. Elegimos nuestras batallas y sí, exigimos pruebas, no lugares comunes. En un mundo donde todos, desde el predicador de la esquina hasta la corporación multinacional, cuentan historias para su propio beneficio, ¿por qué deberíamos ofrecer nuestra confianza en bandeja de plata?
Ustedes lo llaman confianza; yo lo llamo credulidad en una época en la que la información se utiliza como arma. Si su narrativa se desmorona ante el cuestionamiento, tal vez sea hora de cuestionar la narrativa misma, en lugar del intelecto de quienes dudan. Recuerden que, en el mercado de las ideas, sólo las ideas que sobreviven al escrutinio intelectual más brutal merecen prosperar.
En esta era, donde cada emisor de información tiene una agenda, la mente perspicaz debe fortificarse con el escepticismo como su baluarte. Este escudo no es sólo defensivo; es su último bastión de autonomía en un mundo donde cada narrativa tiene como objetivo secuestrar su razón para sus propios fines.
Entonces, ¿tienes un mensaje en el que crees? Si tu objetivo es influir en aquellos de nosotros que aún nos atrevemos a cuestionarlo, entonces basta de cámaras de eco donde tus ideas rebotan sin oposición. Dirigirte sólo a aquellos que asienten con la cabeza no es defensa de derechos; es cobardía intelectual. No estás cambiando mentes; solo estás inflando tu propio eco.
He aquí una idea novedosa: invite al escrutinio. Deje que aquellos con intelecto se atrevan a diseccionar sus propuestas. Es en el crisol de la crítica donde se forja la verdadera solidez. Si su argumento no resiste el fuego, tal vez no valga la pena aferrarse a él.
Y seamos claros: descartar a los pensadores críticos por desinformados u obstinados porque no comparten nuestros sentimientos ni dedican su vida a nuestra causa no es sólo arrogancia, sino también una ineptitud estratégica. Nosotros, los pensadores críticos, no somos nuestros adversarios, somos la prueba de fuego de la validez de nuestras afirmaciones.
Piensen en esto: si dedicáramos nuestras vidas a cada causa que llamara a nuestra puerta con un panfleto y una petición, estaríamos tan dispersos que seríamos transparentes. Elegimos nuestras batallas y sí, exigimos pruebas, no lugares comunes. En un mundo donde todos, desde el predicador de la esquina hasta la corporación multinacional, cuentan historias para su propio beneficio, ¿por qué deberíamos ofrecer nuestra confianza en bandeja de plata?
Ustedes lo llaman confianza; yo lo llamo credulidad en una época en la que la información se utiliza como arma. Si su narrativa se desmorona ante el cuestionamiento, tal vez sea hora de cuestionar la narrativa misma, en lugar del intelecto de quienes dudan. Recuerden que, en el mercado de las ideas, sólo las ideas que sobreviven al escrutinio intelectual más brutal merecen prosperar.
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jueves, 25 de agosto de 2016
Cinco Principios de la Vida Ordenada
Existe un esquema de acontecimientos que sirve para guiar al hombre por la senda de la evolución, pero que se está rompiendo continuamente debido a nuestra locura egoísta e "impropias condiciones de existencia".
Para comprender lo que se pide de nosotros, no solo debemos conocernos a nosotros mismos, sino también hemos de conocer las "Leyes de la Creación y de la Conservación del Mundo".
En este sentido, todo ser humano debería esforzarse por contemplar en su vida los "Cinco Principios de la Vida Ordenada".
1. Tener en su existencia ordinaria todo lo satisfactorio y verdaderamente necesario para el cuerpo planetario.
2. Tener una necesidad constante de la perfección propia como ser.
3. Conocer cada vez más cosas relacionadas con las leyes de la Creación del mundo y su conservación.
4. Pagar la deuda contraída por el ser y la individualidad lo antes posible, para después ser libres y mitigar en todo lo posible la afición de nuestro Padre Común.
5. Ayudar siempre para que los demás seres alcancen la perfección lo antes posible, hasta el grado de individualidad propia.
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sábado, 1 de noviembre de 2014
El Proposito Espiritual de la Enfermedad
Ser médico del cuerpo o del alma significa habitar los pasajes fronterizos entre la vida cotidiana y el más allá. Una enfermedad mortal concluye una fase de la vida, cuando no la vida misma. El médico del cuerpo o del alma es testigo y partícipe del desenlace.
El impacto de una enfermedad mortal es semejante al de una piedra al caer en la superficie remansada de un lago, la conmoción se proyecta en anillos concéntricos conforme las emociones, los pensamientos y las reacciones irradian desde ese centro. Afecta a las relaciones entre personas, conmueve profundamente a los demás, implica potencialmente al paciente y a cuantos se ven afectados en lo más profundo de sí mismo, en el alma. Cuando el cuerpo o la mente padecen o caen presa de la enfermedad, afloran preguntas espirituales acerca del sentido de la vida. La curación y recuperación puede depender tanto o más de una profundización de las relaciones y de la implicación con la propia vida espiritual que de la pericia médica.
La enfermedad conmociona el alma. Perdemos la inocencia, nos sabemos vulnerables, dejamos de ser quienes éramos antes de este acontecimiento y nunca volveremos a nuestro estado anterior. Estamos en un territorio inexplorado y no hay vuelta atrás. La enfermedad es un acontecimiento profundamente espiritual, y sin embargo esta realidad se ignora y prácticamente no se aborda. En cambio, todo parece concentrarse en la parte del cuerpo que ha enfermado, ha sido herida, sufre una disfunción o permanece fuera de control.
Es estrés psicológico es un aspecto esencial de la prueba que ha de atravesar el alma. El modo en que percibimos lo que nos ocurre a nosotros o a un ser querido modela nuestros pensamientos mucho más que la información objetiva. Cuando algunas personas caen presa de la angustia del dolor, los impedimentos, la debilidad o las náuseas, esa experiencia desagradable no será sólo momentánea sino que la supondrán interminable, mientras que otras que afrontan los mismos síntomas los vivirán como parte de una etapa difícil que tendrá su fin. Si no se alivia el dolor, o la mente se ve asaltada por pensamientos negativos y obsesivos, hay poco espacio para ocuparse de asuntos espirituales.
Para atender al alma, la mente ha de aquietarse. Mostrar el aspecto espiritual de uno mismo perturba a aquellos que habitan en aguas más calmas. Las preguntas de naturaleza espiritual son aquellas que las personas adictas al trabajo, al alcohol o a actividades frívolas conjuran mediante sus adicciones. No se atreven a ahondar en esas dudas, tal como nosotros las expresamos.
Un amigo del alma es un santuario, alguien a quien podemos decir la verdad de lo que sentimos, sabemos o percibimos. Cuando expresamos algo de profundidad espiritual, los demás no pueden desdeñarlo. Minimizarlo, negarlo o tomárselo personalmente; lo que decimos ha se ser acogido, escuchado, aceptado y sostenido, como en una matriz que pueda desarrollar y traer enteramente a la conciencia cuanto nos importa y la imagen que tenemos de nosotros mismos.
El restablecimiento de la salud del alma y del cuerpo puede darse o no simultáneamente; puede advenir la curación y que el cuerpo no sobreviva. Después de todo, la vida es una situación Terminal. La cuestión es cómo y cuándo moriremos, no si hemos de morir. La enfermedad nos priva de nuestra vida y asuntos cotidianos y nos enfrenta a grandes interrogantes y a la oportunidad de acceder a un conocimiento espiritual que puede transformar la situación y a nosotros mismos. Las oraciones y los ritos que cumplimos ayudan a concentrarnos y acceder a energías espirituales.
En un nivel espiritual podemos advertir claramente lo que importa y reconocer la realidad de nuestra situación personal. Nos hacemos conscientes de que somos seres espirituales abocados a una senda humana antes que seres humanos que pueden seguir un camino espiritual. Reconocemos lo que es sagrado y eterno. Desde una perspectiva espiritual, una enfermedad, aun terminal, es un indicio, una etapa subliminal en la que nos encontramos entre el mundo cotidiano y el mundo invisible.
El impacto de una enfermedad mortal es semejante al de una piedra al caer en la superficie remansada de un lago, la conmoción se proyecta en anillos concéntricos conforme las emociones, los pensamientos y las reacciones irradian desde ese centro. Afecta a las relaciones entre personas, conmueve profundamente a los demás, implica potencialmente al paciente y a cuantos se ven afectados en lo más profundo de sí mismo, en el alma. Cuando el cuerpo o la mente padecen o caen presa de la enfermedad, afloran preguntas espirituales acerca del sentido de la vida. La curación y recuperación puede depender tanto o más de una profundización de las relaciones y de la implicación con la propia vida espiritual que de la pericia médica.
La enfermedad conmociona el alma. Perdemos la inocencia, nos sabemos vulnerables, dejamos de ser quienes éramos antes de este acontecimiento y nunca volveremos a nuestro estado anterior. Estamos en un territorio inexplorado y no hay vuelta atrás. La enfermedad es un acontecimiento profundamente espiritual, y sin embargo esta realidad se ignora y prácticamente no se aborda. En cambio, todo parece concentrarse en la parte del cuerpo que ha enfermado, ha sido herida, sufre una disfunción o permanece fuera de control.
Es estrés psicológico es un aspecto esencial de la prueba que ha de atravesar el alma. El modo en que percibimos lo que nos ocurre a nosotros o a un ser querido modela nuestros pensamientos mucho más que la información objetiva. Cuando algunas personas caen presa de la angustia del dolor, los impedimentos, la debilidad o las náuseas, esa experiencia desagradable no será sólo momentánea sino que la supondrán interminable, mientras que otras que afrontan los mismos síntomas los vivirán como parte de una etapa difícil que tendrá su fin. Si no se alivia el dolor, o la mente se ve asaltada por pensamientos negativos y obsesivos, hay poco espacio para ocuparse de asuntos espirituales.
Para atender al alma, la mente ha de aquietarse. Mostrar el aspecto espiritual de uno mismo perturba a aquellos que habitan en aguas más calmas. Las preguntas de naturaleza espiritual son aquellas que las personas adictas al trabajo, al alcohol o a actividades frívolas conjuran mediante sus adicciones. No se atreven a ahondar en esas dudas, tal como nosotros las expresamos.
Un amigo del alma es un santuario, alguien a quien podemos decir la verdad de lo que sentimos, sabemos o percibimos. Cuando expresamos algo de profundidad espiritual, los demás no pueden desdeñarlo. Minimizarlo, negarlo o tomárselo personalmente; lo que decimos ha se ser acogido, escuchado, aceptado y sostenido, como en una matriz que pueda desarrollar y traer enteramente a la conciencia cuanto nos importa y la imagen que tenemos de nosotros mismos.
El restablecimiento de la salud del alma y del cuerpo puede darse o no simultáneamente; puede advenir la curación y que el cuerpo no sobreviva. Después de todo, la vida es una situación Terminal. La cuestión es cómo y cuándo moriremos, no si hemos de morir. La enfermedad nos priva de nuestra vida y asuntos cotidianos y nos enfrenta a grandes interrogantes y a la oportunidad de acceder a un conocimiento espiritual que puede transformar la situación y a nosotros mismos. Las oraciones y los ritos que cumplimos ayudan a concentrarnos y acceder a energías espirituales.
En un nivel espiritual podemos advertir claramente lo que importa y reconocer la realidad de nuestra situación personal. Nos hacemos conscientes de que somos seres espirituales abocados a una senda humana antes que seres humanos que pueden seguir un camino espiritual. Reconocemos lo que es sagrado y eterno. Desde una perspectiva espiritual, una enfermedad, aun terminal, es un indicio, una etapa subliminal en la que nos encontramos entre el mundo cotidiano y el mundo invisible.
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martes, 31 de diciembre de 2013
La Practica del Dominio del Tiempo

En Occidente, se nos ha enseñado que el tiempo sólo fluye en una dirección, y que el futuro siempre está delante de nosotros y el pasado atrás. Éste es el tiempo monocrónico, que fluye de forma lineal, avanzando lentamente día a día. Pero el tiempo no sólo avanza como una flecha; también gira como una rueda. Por eso el tiempo no lineal, o tiempo policrónico, es considerado sagrado. Aquí el futuro se filtra en el presente para convocarnos, y podemos cambiar acontecimientos que ya han sucedido.
El principio operativo más importante del tiempo lineal es la causalidad, o causa y efecto, que constituye la base de la ciencia moderna: esto ocurre, por lo tanto aquello ocurre. La causalidad quiere decir que el pasado siempre está moldeando el presente.
Creemos que nuestra vida es un desastre porque nuestros padres no nos quisieron lo suficiente cuando éramos niños o porque descendemos de una larga línea de inadaptados. Pero cuando nuestra percepción del tiempo es circular, el principio operativo más importante es la sincronicidad o la producción fortuita de los acontecimientos. Lo que llamamos coincidencia o suerte es un principio operativo tan importante como la causalidad.
El hecho fortuito de los acontecimientos, como cuando dos personas se encuentran accidentalmente, es tan significativo como su causa (por qué esas dos personas se hallaban en el mismo lugar a la misma hora). La sincronicidad está más interesada en el propósito y el significado de un acontecimiento que en su causa.
Por lo tanto, si el tiempo fluye realmente en más de una dirección, el futuro puede atraernos hacia sí de la misma forma que el pasado nos empuja hacia delante. El motivo por el cual no lo hace así es porque percibimos el tiempo de manera lineal. La causa de un acontecimiento presente puede de hecho estar en el futuro. En otras palabras, en los días en que te toquen todos los semáforos en rojo cuando vayas camino al trabajo, no comiences a pensar que deberías haberte quedado en cama porque el universo está conspirando contra ti. Más bien, reconoce que estás operando en un tiempo sagrado y que el universo está conspirando a tu favor. Hace que el tren salga con tres minutos de retraso porque ése es el tren que debes tomar, o hace que te toquen todos los semáforos en rojo porque ése no es el tren que deberías tomar.
Si percibimos el tiempo de esta forma, no nos irritamos ni nos reprochamos: «¿Cómo he podido ser tan estúpido para perder este tren? ¿Por qué tengo tan mala suerte?». Nuestro nivel de estrés se reduce enormemente porque confiamos en que tanto la buena como la mala suerte forman parte de un gran plan.
Las Cuatro Revelaciones
Alberto Villoldo
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miércoles, 4 de diciembre de 2013
La Vuelta a Casa
Cuando volvemos a conectar con esa parte de nosotros que tenemos olvidada, debido a los condicionamientos culturales y religiosos, y la socialización material y consumista de nuestras vidas, es cuando empieza nuestro viaje de “vuelta a casa”. Esa parte es el espíritu.
El Poder Creador del Universo proporciona caminos individuales de retorno, a cada ser humano en la Tierra. Esos caminos se despliegan ante nosotros según nuestra impecabilidad. Pero el hecho de que se nos muestren estos caminos especiales, no significa necesariamente que elijamos recorrerlos. De hecho, “vemos” a mucha gente que cierra los ojos ante su propio camino de vuelta a casa. En su ignorancia y estupidez, sencillamente lo pasan por alto.
Son personas que se han desconectado de su sentir más íntimo y, esa desconexión, les mantiene atrapados en una vida desdichada, sin sentido y vacía de su propio destino.
Se dice mucho de bienestar y de felicidad, aunque lo que no se dice es que la única manera de conseguir la felicidad y el bienestar es estando en contacto directo con la esencia que nos sustenta; luchando ferozmente por conservar nuestra energía, sin desgastarla en pensamientos inútiles y hábitos de comportamiento degradantes, para que el impulso de nuestros esfuerzos nos lleve por el incomprensible camino del conocimiento y la libertad.
Concentrar la energía es un acto de humildad, no una excusa para sentimientos de egoísmo, dominio o superioridad.
El nivel de energía individual de una persona está íntimamente relacionado con el “poder personal”.
El poder es y el poder mueve; estas son de las pocas verdades que podemos saber con certeza.
Nuestro desafío es cultivar, recuperar y conservar hasta la última pizca de energía que hay a nuestra disposición. Hemos de saber que nuestro viaje de retorno depende por completo de la energía que seamos capaces de almacenar, para su utilización.
Una de las cosas que primero hemos de hacer en nuestro viaje de vuelta a casa, que por otra parte es el único que estamos emprendiendo siempre, es aprender a reducir, hasta eliminar, la importancia personal.
Lo único que realmente importa es el poder personal en la búsqueda de la realización de nuestro potencial oculto.
Es esencial que comprendamos que lo único que podemos hacer es demorarnos en nuestro viaje de vuelta, que no es otra cosa que volver a la felicidad, al amor y a la inocencia.
Nosotros somos los únicos responsables de los recursos energéticos que determinan cómo vivimos y cómo morimos.
Somos la suma de nuestro poder personal. Recorrer ese camino mágico nos enfrenta a un continuo misterio, que es la vida.
Requiere, también, que mantengamos una constante confianza en algo totalmente invisible, a la vez que aceptemos la responsabilidad para librar una batalla sin tregua con nuestro sentido individual del yo.
El Poder Creador del Universo proporciona caminos individuales de retorno, a cada ser humano en la Tierra. Esos caminos se despliegan ante nosotros según nuestra impecabilidad. Pero el hecho de que se nos muestren estos caminos especiales, no significa necesariamente que elijamos recorrerlos. De hecho, “vemos” a mucha gente que cierra los ojos ante su propio camino de vuelta a casa. En su ignorancia y estupidez, sencillamente lo pasan por alto.
Son personas que se han desconectado de su sentir más íntimo y, esa desconexión, les mantiene atrapados en una vida desdichada, sin sentido y vacía de su propio destino.
Se dice mucho de bienestar y de felicidad, aunque lo que no se dice es que la única manera de conseguir la felicidad y el bienestar es estando en contacto directo con la esencia que nos sustenta; luchando ferozmente por conservar nuestra energía, sin desgastarla en pensamientos inútiles y hábitos de comportamiento degradantes, para que el impulso de nuestros esfuerzos nos lleve por el incomprensible camino del conocimiento y la libertad.
Concentrar la energía es un acto de humildad, no una excusa para sentimientos de egoísmo, dominio o superioridad.
El nivel de energía individual de una persona está íntimamente relacionado con el “poder personal”.
El poder es y el poder mueve; estas son de las pocas verdades que podemos saber con certeza.
Nuestro desafío es cultivar, recuperar y conservar hasta la última pizca de energía que hay a nuestra disposición. Hemos de saber que nuestro viaje de retorno depende por completo de la energía que seamos capaces de almacenar, para su utilización.
Una de las cosas que primero hemos de hacer en nuestro viaje de vuelta a casa, que por otra parte es el único que estamos emprendiendo siempre, es aprender a reducir, hasta eliminar, la importancia personal.
Lo único que realmente importa es el poder personal en la búsqueda de la realización de nuestro potencial oculto.
Es esencial que comprendamos que lo único que podemos hacer es demorarnos en nuestro viaje de vuelta, que no es otra cosa que volver a la felicidad, al amor y a la inocencia.
Nosotros somos los únicos responsables de los recursos energéticos que determinan cómo vivimos y cómo morimos.
Somos la suma de nuestro poder personal. Recorrer ese camino mágico nos enfrenta a un continuo misterio, que es la vida.
Requiere, también, que mantengamos una constante confianza en algo totalmente invisible, a la vez que aceptemos la responsabilidad para librar una batalla sin tregua con nuestro sentido individual del yo.
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viernes, 2 de septiembre de 2011
Locura Divina
Creo que yo mismo me causé la enfermedad. En mi intento de penetrar en el otro mundo, encontré a sus guardianes, la encarnación de mi propia debilidad y de mis faltas. Al principio pensé que estos demonios eran habitantes inferiores del otro mundo, que podían jugar conmigo como una pelota, porque fui a estas regiones sin preparación y me perdí. Después pensé que eran partes desgajadas de mi propia mente (pasiones), que existían cerca de mí en su propio espacio y medraban a costa de mis sentimientos. Creía que todo el mundo también las tenía, pero que no las percibían, gracias al engaño protector y eficaz de la existencia personal. Pensaba que éste era un artificio de la memoria, de los complejos imaginados... un muñeco agradable de mirar desde fuera, pero con nada real en su interior.
En mi caso, mi ser personal se ha desarrollado con poros a causa de mi conciencia confusa. Con ella quería acercarme a las fuentes superiores de la vida. Me debería haber preparado para esto durante un largo periodo de tiempo, invocando dentro de mí un yo superior e impersonal, ya que el "néctar" no está hecho para los labios mortales. Éste actuó de manera destructiva sobre el yo humano-animal y lo dividió en pedazos. Desintegrados éstos poco a poco, el muñeco quedó realmente roto y el cuerpo dañado. Yo había forzado inoportunamente la "fuente de la vida", y la maldición de los dioses recayó sobre mí. Reconocí demasiado tarde que habían intervenido elementos tenebrosos. Tuve conocimiento de ellos cuando ya tenían demasiado poder. No había vuelta atrás posible. En ese momento había conseguido el mundo de los espíritus que quería conocer. Los demonios surgieron del abismo, como el guardián del Cerbero, negando el acceso a los no autorizados. Entonces decidí emprender una lucha a vida o muerte. En última instancia, esto significaba para mí la decisión de morir, puesto que había dejado de lado todo lo que sostenía al enemigo, pero que era también todo lo que sostenía la vida. Yo quería entrar en la muerte sin volverme loco y le planteé a la Esfinge: ¡o entras tú o entro yo en el abismo!
Entonces hizo aparición la claridad. Mediante el no-hacer penetré en la verdadera naturaleza de los que me seducían. Eran alcahuetes e impostores de mí "querido" yo personal que carecían totalmente de realidad. Y emergió un yo más amplio e inclusivo que me permitió abandonar mi anterior personalidad con todo lo que le rodeaba.
Vi, entonces, que con esa personalidad anterior nunca hubiera podido entrar en los reinos de la trascendencia. Como consecuencia, sentí un terrible dolor, como un golpe aniquilador, pero fui rescatado, y los demonios se fueron consumiendo, se desvanecieron y perecieron. Comenzó para mí una nueva vida y desde entonces me sentí diferente a como me había sentido durante toda mi vida. Un yo que estaba hecho de mentiras convencionales, imposturas, autoengaños, imágenes de recuerdos, un yo exactamente como el que había dirigido toda mi vida anterior creció de nuevo en mí, pero detrás y por encima de él se mantenía un yo más grande y englobante, que me imprimió con algo eterno, inmutable, inmortal, e inviolable, y que, desde entonces, ha sido mi protector y mi refugio. Creo que es bueno que muchas personas se familiaricen con este yo superior y que existan personas que han alcanzado de hecho esta meta por caminos menos dolorosos.
En mi caso, mi ser personal se ha desarrollado con poros a causa de mi conciencia confusa. Con ella quería acercarme a las fuentes superiores de la vida. Me debería haber preparado para esto durante un largo periodo de tiempo, invocando dentro de mí un yo superior e impersonal, ya que el "néctar" no está hecho para los labios mortales. Éste actuó de manera destructiva sobre el yo humano-animal y lo dividió en pedazos. Desintegrados éstos poco a poco, el muñeco quedó realmente roto y el cuerpo dañado. Yo había forzado inoportunamente la "fuente de la vida", y la maldición de los dioses recayó sobre mí. Reconocí demasiado tarde que habían intervenido elementos tenebrosos. Tuve conocimiento de ellos cuando ya tenían demasiado poder. No había vuelta atrás posible. En ese momento había conseguido el mundo de los espíritus que quería conocer. Los demonios surgieron del abismo, como el guardián del Cerbero, negando el acceso a los no autorizados. Entonces decidí emprender una lucha a vida o muerte. En última instancia, esto significaba para mí la decisión de morir, puesto que había dejado de lado todo lo que sostenía al enemigo, pero que era también todo lo que sostenía la vida. Yo quería entrar en la muerte sin volverme loco y le planteé a la Esfinge: ¡o entras tú o entro yo en el abismo!
Entonces hizo aparición la claridad. Mediante el no-hacer penetré en la verdadera naturaleza de los que me seducían. Eran alcahuetes e impostores de mí "querido" yo personal que carecían totalmente de realidad. Y emergió un yo más amplio e inclusivo que me permitió abandonar mi anterior personalidad con todo lo que le rodeaba.
Vi, entonces, que con esa personalidad anterior nunca hubiera podido entrar en los reinos de la trascendencia. Como consecuencia, sentí un terrible dolor, como un golpe aniquilador, pero fui rescatado, y los demonios se fueron consumiendo, se desvanecieron y perecieron. Comenzó para mí una nueva vida y desde entonces me sentí diferente a como me había sentido durante toda mi vida. Un yo que estaba hecho de mentiras convencionales, imposturas, autoengaños, imágenes de recuerdos, un yo exactamente como el que había dirigido toda mi vida anterior creció de nuevo en mí, pero detrás y por encima de él se mantenía un yo más grande y englobante, que me imprimió con algo eterno, inmutable, inmortal, e inviolable, y que, desde entonces, ha sido mi protector y mi refugio. Creo que es bueno que muchas personas se familiaricen con este yo superior y que existan personas que han alcanzado de hecho esta meta por caminos menos dolorosos.
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lunes, 25 de mayo de 2009
La Dualidad de la Percepción

No se concibe la vida sin la muerte; nacemos para morir... Después de algún tiempo más o menos largo, según sea el caso, lo que sí es seguro es que al final, todos moriremos. Esto es lo que creemos. Es lo que vemos. ¿Quién no ha tenido la dolorosa experiencia de ver morir a alguien a quien quería? ¿Algún amigo, familiar, compañero de trabajo, conocido, etc.?
Desde siempre, que yo recuerde, se nos ha educado y aleccionado en la creencia, por otra parte terrible, de que tarde o temprano moriremos. ¿Qué esperanza nos da eso?
Mi sugerencia es una reflexión sobre la inevitabilidad de la muerte.
¿Cuántos de vosotros os la habéis cuestionado?
Últimamente se está popularizando, aún más si cabe, la idea de que la muerte no sólo es inevitable y sin duda nos ocurrirá a todos, sino además es, incluso, deseable, como una liberación de las cadenas de la materia, ya que la vida aquí es sólo un paso, una transición; y yo pregunto: ¿Será esta la guía que crea la falta de interés por nuestra amada Madre Tierra y todas las criaturas que hay en ella, incluido el mismo ser humano?
También nos extrañamos y hasta ponemos "el grito en el cielo" cuando nos llegan noticias de suicidios colectivos de personas que creían iban a salvarse, por no hablar de ser rescatados.

Para terminar, una información. Sólo por el hecho de cuestionar la inevitabilidad de la muerte, os encontraréis con demasiada gente decidida a defender con uñas y dientes su veracidad e incluso tratarán de burlarse y otras cosas que iréis descubriendo. ¡Qué paradoja! Después de todo, este mundo se sustenta en la creencia de que todo lo que nace ha de morir. Ojalá que este pensamiento no termine por matar, también, la Tierra que nos cobija y nos alimenta, ni el aire que nos da la vida.
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